Me cuidan mis amigas

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Es difícil conocer el origen y es que ojalá sólo hubiera uno para atacarlo de raíz, de una vez y por todas. Pero no es así. La violencia machista tiene muchas formas, muchas víctimas y se ha instalado tanto en nuestras subjetividades que incluso creemos que es parte de nuestras personalidades

Qué tan deformada puede llegar a estar nuestra percepción al escuchar que, en el transcurso de unos cuatro años, se han registrado 3 mil 386 víctimas de feminicidio y 9 mil 511 de un llamado homicidio doloso.

Vivo en un país en guerra. En guerra silenciosa. Acá tienes que seguir con tu vida, porque nada es tangible hasta que está demasiado cerca o hasta que le pasa a tu prima o a tu amiga. Y aún así, no hay nada que se pueda hacer, se convierten en historias. Y las nombramos para no olvidarlas y marchamos, pero nada resulta suficiente.

Acá, terminamos una relación y en vez de vivir el duelo, vivimos el miedo de ser acosadas o asesinadas (resulta que los feminicidios son ejecutados porque gente cercana más que por gente desconocida de la que quizá sería más razonable dudar). Eso con la suerte de terminar esa relación y no vivir una relación violenta y de abuso, la cual, pensamos, que debemos soportar como lo hacían nuestras antepasadas no tan lejanas.

Acá, la violencia ha operado tanto en nosotras que creemos que cargamos con infinitas responsabilidades y tenemos justificaciones para casi todo. Y si no tenemos justificación, pues lo damos por hecho y decimos que “así son las cosas”. Así son las cosas, pero ¿deberían serlo? ¿Y por qué nos cuesta más la incomodidad de cambiarlas que de soportarlas?

Hablo de México, porque es donde estoy. Pero sé que no está ni cerca de ser el único lugar en el mundo que ve a niñas morir y sufrir, que ve que las que llegaron a crecer arriesgan su vida todos los días bajo las circunstancias más cotidianas.

Hoy, sin querer imponer mis ideas, apelo a cuestionar lo establecido y, como diría una frase que ronda por ahí, no pasa un día en que no lo haga. Pero es cansador y es incómodo, porque me implica. Allí radica la importancia de acompañarnos.

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Por: Karla Paola Díaz Guerrero – Mexico

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